Perdida
En 1899 ya habíamos aprendido a dominar la
oscuridad pero no el calor de Texas.
Nos levantábamos de noche, horas antes del
amanecer cuando apenas había una mancha añil en el cielo.
Vivíamos
en un gran rancho con miles de cabezas de ganado. Mi madre Mery, mi padre Jim,
mis hermanos Robert de 20 años, los gemelos Zack y Tim de 18, y yo Mark de 16.
Éramos una familia muy unida que trabajábamos todos juntos y aunque yo era
independiente y protestón, me sentía a gusto así.
Cada
día dirigíamos el ganado al río a refrescarse y a pastar, pero lo que más nos
gustaba era montar a nuestros caballos y galopar por los campos, sintiéndonos
libres. Yo amaba los animales. Uno de esos días, mis hermanos y yo oímos los
resoplidos de un caballo. Nos acercamos y encontramos a una pequeña yegua herida.
Corrí hacia ella y le dí de beber. Robert y Zack fueron a buscar a mi padre
para que nos ayudara a cargarla en su carro.
Durante
seis días estuve cuidándola. Desde el primer dia sentí su cariño y
agradecimiento y me llenaba de alegría verla cada dia mejor. Su pata herida no
la dejaba levantar y permanecía tumbada. Decidí llamarla “Perdida”, y un buen
día cuando llegué al establo estaba en pie y parecía ya recuperada. “Perdida”
resultó ser un caballo salvaje, y mi padre me dijo que debía dejarla en
libertad porque era muy difícil domarla. Yo era muy cabezota y sentía un cariño
especial por “Perdida”, así que durante tres noches intenté durante horas
domarla.
Al
final lo conseguí y le pedí a mi familia que nos la quedáramos, y la monté para
demostrarles que era un caballo domesticado. Todos sorprendidos, me dejaron
elegir a mí si dejarla marchar para que fuera libre o retenerla en nuestro
rancho. Durante toda la noche estuve angustiado pensando qué debía hacer. Al
amanecer fui a las cuadras, le quité las riendas y la solté llorando. ”Perdida”
galopó hasta desaparecer por las montañas.
Pasaban
los días y yo estaba muy triste. No conseguía ser feliz sin ella. La echaba a
faltar cuando llegaba al rancho y no estaba esperándome en su cuadra. Mi
familia estaba preocupada porque no quería comer y no podía dormir. Un día,
cuando ya habían pasado dos semanas desde que “Perdida” se fue, yo estaba dando
de comer al ganado y noté un golpe en la espalda. Cuando me giré, allí estaba
“Perdida”. Había vuelto para quedarse a vivir con nosotros, y sentí de nuevo
después de muchos días, una gran alegría.
Cap comentari:
Publica un comentari a l'entrada