dijous, 3 de desembre del 2015

Perdida

Perdida
En 1899 ya habíamos aprendido a dominar la oscuridad pero no el calor de Texas.
Nos levantábamos de noche, horas antes del amanecer cuando apenas había una mancha añil en el cielo.
Vivíamos en un gran rancho con miles de cabezas de ganado. Mi madre Mery, mi padre Jim, mis hermanos Robert de 20 años, los gemelos Zack y Tim de 18, y yo Mark de 16. Éramos una familia muy unida que trabajábamos todos juntos y aunque yo era independiente y protestón, me sentía a gusto así.
Cada día dirigíamos el ganado al río a refrescarse y a pastar, pero lo que más nos gustaba era montar a nuestros caballos y galopar por los campos, sintiéndonos libres. Yo amaba los animales. Uno de esos días, mis hermanos y yo oímos los resoplidos de un caballo. Nos acercamos y encontramos a una pequeña yegua herida. Corrí hacia ella y le dí de beber. Robert y Zack fueron a buscar a mi padre para que nos ayudara a cargarla en su carro.
Durante seis días estuve cuidándola. Desde el primer dia sentí su cariño y agradecimiento y me llenaba de alegría verla cada dia mejor. Su pata herida no la dejaba levantar y permanecía tumbada. Decidí llamarla “Perdida”, y un buen día cuando llegué al establo estaba en pie y parecía ya recuperada. “Perdida” resultó ser un caballo salvaje, y mi padre me dijo que debía dejarla en libertad porque era muy difícil domarla. Yo era muy cabezota y sentía un cariño especial por “Perdida”, así que durante tres noches intenté durante horas domarla.
Al final lo conseguí y le pedí a mi familia que nos la quedáramos, y la monté para demostrarles que era un caballo domesticado. Todos sorprendidos, me dejaron elegir a mí si dejarla marchar para que fuera libre o retenerla en nuestro rancho. Durante toda la noche estuve angustiado pensando qué debía hacer. Al amanecer fui a las cuadras, le quité las riendas y la solté llorando. ”Perdida” galopó hasta desaparecer por las montañas.

Pasaban los días y yo estaba muy triste. No conseguía ser feliz sin ella. La echaba a faltar cuando llegaba al rancho y no estaba esperándome en su cuadra. Mi familia estaba preocupada porque no quería comer y no podía dormir. Un día, cuando ya habían pasado dos semanas desde que “Perdida” se fue, yo estaba dando de comer al ganado y noté un golpe en la espalda. Cuando me giré, allí estaba “Perdida”. Había vuelto para quedarse a vivir con nosotros, y sentí de nuevo después de muchos días, una gran alegría.

Cap comentari:

Publica un comentari a l'entrada